De pronto mis pisadas eran lentas, como si el zapato tuviese chicles en toda su planta, los suficientes para detener el paso, lo suficiente para no llegar a tiempo.
¿Que tiempo? Si un reloj de arena estuviera corriendo ya me encontraría sepultado y oprimido por cada uno de los granos, punzando el cuerpo. Una corcholata oxidada en la playa, oculta y que si es descubierta se corre el riesgo de tétanos. -Quitate el zapato- pensé, luego pisé el concreto de medio día sin nubes a la vista, quema. -Corre- pensé, -Vete a la mierda- contesté.
No tengo que llegar a ningún lugar, no hay un tiempo establecido, puedo quedarme con mis zapatos. Es el principio, ahora veremos quien domina a quien. Sal, identidad escabrosa forjada entre residuos putrefactos, entre normas y estándares sociales, corbatas y esclavitud de cubículo. Las estructuras arriba de mi aparecen desafiantes, uno menos, si vivo luchando, moriré luchando sin ganar, así será.

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